
La religión jamás podrá reformar a la humanidad porque la religión es esclavitud. Es mucho mejor ser libre, abandonar las fortalezas y barricadas del miedo, mantenerse erguido y afrontar el futuro con una sonrisa. Es mucho mejor entregarse a veces a la negligencia, dejarse llevar por las olas y las mareas, por la fuerza ciega del mundo, pensar y soñar, olvidar las cadenas y limitaciones de la vida que respira, olvidar el propósito y el objetivo, recostarse en la galería de imágenes del cerebro, sentir una vez más los abrazos y besos del pasado, traer de vuelta el amanecer de la vida, volver a ver las formas y los rostros de los muertos, pintar bellos cuadros para los años venideros, olvidar a todos los dioses, sus promesas y amenazas, sentir en tus venas el torrente gozoso de la vida y escuchar la música marcial, el latido rítmico de tu corazón intrépido. Y luego, animarse a hacer todo lo útil, alcanzar con pensamiento y acción el ideal en la mente, dar alas a la imaginación para que, como abejas alquimistas, encuentren el néctar del arte entre las malezas de lo cotidiano, buscar con ojos entrenados y firmes los hechos, hallar los hilos sutiles que unen lo lejano con el presente, aumentar el conocimiento, aliviar las cargas de los débiles, desarrollar la mente, defender la justicia, construir un palacio para el alma. Esto es verdadera religión. Esto es verdadera adoración.
Obras de Robert G. Ingersoll, Vol. IV

Robert G. Ingersoll
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