
veces, en una mañana de verano, después de mi baño habitual, me sentaba en el umbral soleado desde el amanecer hasta el mediodía, absorto en un ensueño, entre pinos, nogales y zumaques, en una soledad y quietud ininterrumpidas, mientras los pájaros cantaban alrededor o revoloteaban silenciosamente por la casa, hasta que la puesta del sol por mi ventana oeste, o el ruido de la carreta de algún viajero en la carretera lejana, me recordaba el paso del tiempo. Crecía en esas estaciones como el maíz en la noche, y eran mucho mejores que cualquier trabajo manual. No era tiempo restado a mi vida, sino mucho más de lo habitual. Comprendí lo que los orientales entienden por contemplación y abandono del trabajo. En general, no me importaba cómo pasaban las horas. El día avanzaba como para iluminar alguna obra mía; era de mañana, y he aquí, ahora es de noche, y nada memorable se ha logrado.
Walden

Henry David Thoreau
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