
El mar, burlonamente, había mantenido a flote su cuerpo finito, pero ahogó lo infinito de su alma. Aunque no del todo. Más bien, fue arrastrado vivo a profundidades maravillosas, donde extrañas formas del mundo primigenio e inalterado se deslizaban de un lado a otro ante sus ojos pasivos; y el tritón avaro, Sabiduría, reveló sus tesoros acumulados; y entre las jubilosas, despiadadas y siempre juveniles eternidades, Pip vio los multitudinarios insectos coralinos, omnipresentes en Dios, que del firmamento de las aguas elevaban las colosales esferas. Vio el pie de Dios sobre el pedal del telar y lo pronunció; y por eso sus compañeros de barco lo llamaron loco. Así, la locura del hombre es el sentido del cielo; y, vagando lejos de toda razón mortal, el hombre llega finalmente a ese pensamiento celestial, que, para la razón, es absurdo y frenético; y la dicha o la desgracia, se sienten entonces inquebrantables, indiferentes como su Dios.
Moby Dick o La ballena

Herman Melville
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