Ayn Rand

Ella sonrió. Sabía que se estaba muriendo. Pero ya no importaba. Había sabido algo que ninguna palabra humana podría expresar, y ahora lo sabía. Lo había estado esperando y lo sentía, como si hubiera sido, como si lo hubiera vivido. La vida había existido, aunque solo fuera porque ella sabía que podía existir, y ahora la sentía como un himno silencioso, en lo profundo del pequeño agujero que dejaba caer gotas rojas en la nieve, más profundo que aquello de donde provenían las gotas rojas. ¿Un instante o una eternidad? ¿Importaba? La vida, invicta, existía y podía existir. Sonrió, su última sonrisa, a todo lo que había sido posible.
– Ayn Rand –


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Ella sonrió. Sabía que se estaba muriendo. Pero ya no importaba. Había sabido algo que ninguna palabra humana podría expresar, y ahora lo sabía. Lo había estado esperando y lo sentía, como si hubiera sido, como si lo hubiera vivido. La vida había existido, aunque solo fuera porque ella sabía que podía existir, y ahora la sentía como un himno silencioso, en lo profundo del pequeño agujero que dejaba caer gotas rojas en la nieve, más profundo que aquello de donde provenían las gotas rojas. ¿Un instante o una eternidad? ¿Importaba? La vida, invicta, existía y podía existir. Sonrió, su última sonrisa, a todo lo que había sido posible.

Nosotros los vivos


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Ayn Rand


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