Marco Aurelio

El tiempo de la vida de un hombre es como un punto; su sustancia fluye siempre, su sentido es oscuro; y toda la composición del cuerpo tiende a la corrupción. Su alma es inquieta, la fortuna incierta y la fama dudosa; en resumen, como un arroyo son todas las cosas que pertenecen al cuerpo; como un sueño o como humo, así son todas las que pertenecen al alma. Nuestra vida es una guerra y una mera peregrinación. La fama después de la muerte no es mejor que el olvido. ¿Qué es entonces lo que se adherirá y seguirá? Solo una cosa: la filosofía. Y la filosofía consiste en esto, para que un hombre preserve ese espíritu que está dentro de él, de toda clase de injurias y agravios, y sobre todo de dolores o placeres; nunca hacer nada precipitadamente, ni fingiendo, ni hipócritamente: solo depender de sí mismo y de sus propias acciones apropiadas: aceptar con contentamiento todo lo que le sucede, como si viniera de Aquel de quien él mismo también vino; Y sobre todo, con toda mansedumbre y serena alegría, esperar la muerte, pues no es sino la disolución de los elementos que componen a toda criatura. Y si los elementos mismos no sufren nada por su perpetua transformación, esa disolución y alteración tan común a todos, ¿por qué habría de temerla alguien? ¿Acaso no es esto natural? Pero nada que sea natural puede ser malo.
– Marco Aurelio –


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El tiempo de la vida de un hombre es como un punto; su sustancia fluye siempre, su sentido es oscuro; y toda la composición del cuerpo tiende a la corrupción. Su alma es inquieta, la fortuna incierta y la fama dudosa; en resumen, como un arroyo son todas las cosas que pertenecen al cuerpo; como un sueño o como humo, así son todas las que pertenecen al alma. Nuestra vida es una guerra y una mera peregrinación. La fama después de la muerte no es mejor que el olvido. ¿Qué es entonces lo que se adherirá y seguirá? Solo una cosa: la filosofía. Y la filosofía consiste en esto, para que un hombre preserve ese espíritu que está dentro de él, de toda clase de injurias y agravios, y sobre todo de dolores o placeres; nunca hacer nada precipitadamente, ni fingiendo, ni hipócritamente: solo depender de sí mismo y de sus propias acciones apropiadas: aceptar con contentamiento todo lo que le sucede, como si viniera de Aquel de quien él mismo también vino; Y sobre todo, con toda mansedumbre y serena alegría, esperar la muerte, pues no es sino la disolución de los elementos que componen a toda criatura. Y si los elementos mismos no sufren nada por su perpetua transformación, esa disolución y alteración tan común a todos, ¿por qué habría de temerla alguien? ¿Acaso no es esto natural? Pero nada que sea natural puede ser malo.

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