
En particular, a quienes están condenados al estancamiento se les suele declarar felices con el pretexto de que la felicidad consiste en el descanso. Rechazamos esta idea, pues nuestra perspectiva es la de la ética existencialista. Cada sujeto desempeña su papel como tal específicamente a través de hazañas o proyectos que sirven como modo de trascendencia; alcanza la libertad solo mediante una búsqueda constante de otras libertades. No hay justificación para la existencia presente más allá de su expansión hacia un futuro indefinidamente abierto. Cada vez que la trascendencia recae en la inmanencia, en el estancamiento, se produce una degradación de la existencia al «en-sois» —la vida brutal de sujeción a condiciones dadas— y de la libertad a la restricción y la contingencia. Esta caída representa una falta moral si el sujeto la consiente; si se le inflige, significa frustración y opresión. En ambos casos, es un mal absoluto. Todo individuo preocupado por justificar su existencia siente que esta implica una necesidad indefinida de trascenderse a sí mismo, de emprender proyectos libremente elegidos.
El segundo sexo

Simone de Beauvoir
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