
Qué extraño, pensó Royce, que, después de salir victorioso de más de cien batallas reales, el mayor triunfo que jamás había conocido le hubiera llegado en un campo de batalla simulado donde había estado solo, derribado de su caballo y derrotado. Esa mañana, su vida le había parecido tan sombría como la muerte. Esa noche, sostenía la alegría en sus brazos. Alguien o algo —el destino, la fortuna o el Dios de Jenny— lo había mirado esa mañana y había visto su angustia. Y, por alguna razón, Jenny le había sido devuelta. Cerrando los ojos, Royce rozó un beso en su suave frente. Gracias, pensó. Y en su corazón, habría jurado que escuchó una voz que respondía: De nada.
Un reino de sueños

Judith McNaught
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