
Allí estaba, solo consigo mismo, sereno, tranquilo, adorador, comparando la serenidad de su corazón con la serenidad de los cielos, conmovido en la oscuridad por los esplendores visibles de las constelaciones y el esplendor invisible de Dios, abriendo su alma a los pensamientos que emanan de lo Desconocido. En tales momentos, ofreciendo su corazón a la hora en que las flores de la noche exhalan su perfume, iluminado como una lámpara en el centro de la noche estrellada, expandiendo su alma en éxtasis en medio del resplandor universal de la creación, tal vez ni él mismo habría podido expresar lo que pasaba por su mente; sentía que algo se desprendía de él y algo descendía sobre él, misteriosos intercambios entre las profundidades del alma y las profundidades del universo.
Los Miserables

Victor Hugo
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