
Dejando de lado las cuestiones de derecho, nunca he podido desterrar la incómoda sospecha de que Israel no parecía, ni se sentía, permanente ni sostenible. Lo sentí al estar sentado en los antiguos patios otomanos de Jerusalén, y lo sentí aún más al ver los horribles asentamientos de «Fort Condo» que se habían erigido alrededor de la ciudad para dar la impresión contraria. Si el pequeño estado se basaba únicamente en una estrecha franja del litoral mediterráneo (al parecer, Dios ordenó a Moisés que guiara a los judíos a una de las pocas zonas de la región sin petróleo), ya sería bastante malo. Pero, además, implicaba asentarse sobre una población en constante crecimiento que no recibía con agrado a los recién llegados.
Hitch-22: Memorias

Christopher Hitchens
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