Suzanne Brockmann

«¡Ay, Dios mío, Lys!», exclamó, y ella abrió los ojos para mirarlo. Era el amor de su vida, su verdadera compañera en el trabajo y en la vida, y la idea de perderla a causa de la violencia del mundo en que vivían lo aterrorizaba. Pero su sonrisa iluminó sus ojos, su rostro, y él apartó la oscuridad y le devolvió la sonrisa como el tonto que era. Este momento era perfecto, y no iba a dejar que sus miedos interfirieran.
– Suzanne Brockmann –


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«¡Ay, Dios mío, Lys!», exclamó, y ella abrió los ojos para mirarlo. Era el amor de su vida, su verdadera compañera en el trabajo y en la vida, y la idea de perderla a causa de la violencia del mundo en que vivían lo aterrorizaba. Pero su sonrisa iluminó sus ojos, su rostro, y él apartó la oscuridad y le devolvió la sonrisa como el tonto que era. Este momento era perfecto, y no iba a dejar que sus miedos interfirieran.

Persecución a toda velocidad


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Suzanne Brockmann


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