
Te dije antes, Jem, que no me dejarías —dijo Will, con la mano ensangrentada sobre la empuñadura de la daga—. Y sigues conmigo. Cuando respire, pensaré en ti, porque sin ti habría muerto hace años. Cuando despierte y cuando duerma, cuando levante las manos para defenderme o cuando me acueste a morir, estarás conmigo. Dices que nacemos de nuevo. Yo digo que hay un río que divide a los muertos de los vivos. Lo que sí sé es que si nacemos de nuevo, te encontraré en otra vida; si hay un río, me esperarás en la orilla para que podamos cruzar juntos. Will respiró hondo y soltó el cuchillo. Retiró la mano. El corte en la palma ya estaba sanando, resultado de las media docena de iratzes en su piel. ¿Oyes eso, James Carstairs? Estamos unidos, tú y yo, más allá de la división de la muerte, a través de las generaciones que vengan. Para siempre. Se puso de pie y miró el cuchillo. El cuchillo era de Jem, la sangre era suya. Aquel lugar, lo encontrara o no, viviera para intentarlo, sería suyo. Se dio la vuelta para caminar hacia Balios, hacia Gales y Tessa. No miró atrás.
Princesa Mecánica

Cassandra Clare
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