
Organizamos fiestas; abandonamos a nuestras familias para vivir solos en Canadá; nos esforzamos por escribir libros que no cambian el mundo, a pesar de nuestro talento y nuestros esfuerzos incansables, nuestras esperanzas más desmesuradas. Vivimos nuestras vidas, hacemos lo que hacemos, y luego dormimos. Es tan simple y ordinario como eso. Algunos se tiran por la ventana, se ahogan o toman pastillas; otros mueren en accidentes; y la mayoría somos consumidos lentamente por alguna enfermedad o, si tenemos mucha suerte, por el tiempo mismo. Solo nos queda este consuelo: una hora aquí o allá en la que nuestras vidas parecen, contra todo pronóstico y expectativa, estallar y darnos todo lo que hemos imaginado, aunque todos, excepto los niños (y quizás incluso ellos), saben que a estas horas les seguirán inevitablemente otras mucho más oscuras y difíciles. Aun así, apreciamos la ciudad, la mañana; esperamos, más que nada, más. Solo Dios sabe por qué la amamos tanto…
Las horas

Michael Cunningham
📲 Copia este código QR para compartir la frase dónde quieras
¿Quieres publicar tus pensamientos, reflexiones o tus propias frases?
Publica tus obras