
Siempre que Richard Cory bajaba al centro, nosotros, la gente en la acera, lo mirábamos: era un caballero de pies a cabeza, de aspecto limpio, de una esbeltez imperial. Y siempre iba vestido con discreción, y siempre era humano cuando hablaba; pero aún así aceleraba los corazones cuando decía «Buenos días», y brillaba cuando caminaba. Y era rico, sí, más rico que un rey, y admirablemente educado en todas las gracias: en resumen, pensábamos que lo tenía todo para hacernos desear estar en su lugar. Así que seguimos trabajando, y esperando la luz, y pasamos hambre, y maldiciendo el pan; y Richard Cory, una tranquila noche de verano, fue a casa y se pegó un tiro en la cabeza.

Edwin Arlington Robinson
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