
Frodo alzó la cabeza y se puso de pie. La desesperación no lo había abandonado, pero la debilidad había desaparecido. Incluso esbozó una sonrisa sombría, sintiendo ahora con la misma claridad con que un instante antes había sentido lo contrario: que debía hacer lo que tenía que hacer, si podía, y que si Faramir, Aragorn, Elrond, Galadriel, Gandalf o cualquier otro lo sabía, era irrelevante. Tomó su bastón en una mano y el frasco en la otra. Al ver que la luz brillante ya brotaba entre sus dedos, lo clavó en su pecho y lo sostuvo contra su corazón. Luego, apartando la vista de la ciudad de Morgul, ahora reducida a un tenue resplandor gris sobre un oscuro abismo, se dispuso a emprender el camino ascendente.
Las Dos Torres

JRR Tolkien
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