
Soy como una máquina que funciona a máximas revoluciones: los cojinetes se sobrecalientan; un minuto más y el metal se derretirá y empezará a gotear, y ahí se acabará todo. Necesito un buen chorro de agua fría, lógica. La vierto a borbotones, pero la lógica sisea sobre los cojinetes calientes y se disipa en el aire como una fugaz niebla blanca. Claro, es evidente que no se puede establecer una función sin tener en cuenta su límite. Y también es evidente que lo que sentí ayer, esa estúpida «disolución en el universo», si la llevamos al límite, es la muerte. Porque eso es precisamente la muerte: la disolución más completa posible de mí mismo en el universo. Por lo tanto, si representamos con L el amor y con D la muerte, entonces L = f(D), es decir, amor y muerte…
Nosotros

Yevgeny Zamyatin
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