
Enseguida me pregunté cómo podía sentarse allí tan tranquilo, al atardecer, con la hilera de cabezas mirándolo fijamente. No había cuadros, ni flores: solo las cabezas de los rebecos. La única concesión a la melodía era el radiograma y la pila de discos de música clásica. Tontamente, pregunté: «¿Por qué solo rebecos?». Él respondió al instante: «Le temen al hombre». Esto podría haber dado pie a una discusión sobre los animales en general, domésticos, salvajes y aquellos que se adaptan a los caprichos y divagaciones de la raza humana; pero en vez de eso, cambió de tema abruptamente, puso un disco de Sibelius y enseguida me hizo el amor, con intensidad pero sin emoción. Me sorprendió, pero me alegró. Pensé: «Somos el uno para el otro. No habrá exigencias. Cada uno será independiente y no estará supeditado al otro». Todo esto se cumplió, pero algo fallaba. Había un defecto: no solo la ausencia de hijos, sino una división del espíritu. La comunión de carne que nos unió era en realidad un abismo, y desprecié el puente que construimos. Quizás él también. Llevaba diez años intentando construirme un resquicio de seguridad. («El rebeco»)
Ecos de lo macabro: Relatos seleccionados

Daphne du Maurier
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