
Cabría pensar que, a estas alturas, la gente ya se habría acostumbrado a la idea de las catástrofes naturales. Vivimos en un planeta que aún se está enfriando y que presenta fisuras y fallas en su corteza; esto lo aceptan incluso quienes creen que el globo tiene solo seis mil años, así como quienes piensan que la Tierra fue «diseñada» de esta manera. Aun así, es de esperar que se produzcan terremotos y que, si ocurren bajo el lecho marino, también se produzcan maremotos. Sin embargo, dos tipos de errores siguen siendo absolutamente comunes. El primero es la creencia absurda de que los eventos sísmicos están de alguna manera «sincronizados» para expresar la voluntad de Dios. Así, razonando a partir del efecto, la gente intenta seriamente adivinar qué pecado o qué blasfemia provocó el veredicto de las placas tectónicas. El segundo error, común incluso entre los humanistas, consiste en tomar prestada la misma falacia con fines satíricos y emplearla para desacreditar a una deidad benevolente.

Christopher Hitchens
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