
Como resulta evidente, Morris Zapp no sentía gran aprecio por sus colegas en el mundo de la literatura. Le parecían seres vagos, volubles e irresponsables, que se revolcaban en el relativismo como hipopótamos en el lodo, con las fosas nasales apenas asomando al aire del sentido común. Toleraban alegremente la existencia de opiniones contrarias a las suyas; incluso, ¡por Dios!, a veces cambiaban de opinión. Sus patéticos intentos de profundidad eran inexistentes y, en gran medida, interrogativos. Les gustaba empezar un artículo con alguna fórmula como: «Quiero plantear algunas preguntas sobre tal y cual», y parecían creer que habían cumplido con su deber intelectual simplemente por formularlas. Esta maniobra sacaba de quicio a Morris Zapp. Cualquier tonto, sostenía, podía pensar en preguntas; eran las respuestas las que distinguían a los hombres de los niños.

David Lodge
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