
Y quiero que sepas que escuché lo que dijiste en ese discurso —dijo Rider con voz ronca—. Puede que te haya salvado hace tantos años, pero ahora tú me has salvado a mí. Mi corazón dio un vuelco y luego se aceleró. Reaccioné sin pensarlo. Dejando el libro sobre la cama, me lancé sobre Rider justo cuando se bajaba del asiento de la ventana. Chocamos. Lo abracé mientras caíamos al suelo, yo parcialmente en su regazo y sus brazos apretados alrededor de mi cintura, su rostro hundido contra mi cuello. Sentí un temblor recorrer su cuerpo y luego se estremeció en mis brazos. Lo abracé con más fuerza mientras se rompía en pedazos, y años de mantenerlo unido se hicieron añicos. Lo sostuve durante todo el proceso. Entonces fui yo quien recompuso a Rider.
El problema con la eternidad

Jennifer L. Armentrout
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