
De pie frente a este edificio, aprendo algo sobre el miedo. Aprendo que no son las fantasías ociosas de alguien que tal vez desea que le suceda algo importante, aunque sea algo horrible. No es el asco de ver a un desconocido muerto, ni la sensación de ahogo al oír el disparo de una escopeta fuera de la casa de Becca Arrington. Esto no se puede solucionar con ejercicios de respiración. Este miedo no guarda paralelismo con ningún otro miedo que haya conocido antes. Es la más básica de todas las emociones posibles, el sentimiento que existía antes de que existiéramos, antes de que existiera este edificio, antes de que existiera la Tierra. Es el miedo que hizo que los peces salieran a tierra firme y desarrollaran pulmones, el miedo que nos enseña a correr, el miedo que nos hace enterrar a nuestros muertos.
Ciudades de papel

Juan Verde
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