
¡No! ¡No quiero hablar de eso! Pero lo haré. Quiero que lo oigas. Quiero que sepas lo que te espera. Habrá días en que mirarás tus manos y querrás tomar algo y destrozarles todos los huesos, porque te estarán provocando con lo que podrían hacer, si encontraras una oportunidad para que lo hicieran, y no puedes encontrar esa oportunidad, y no puedes soportar tu cuerpo vivo porque les ha fallado a esas manos en algún lugar. Habrá días en que un conductor de autobús te gritará al subir al autobús, y solo te pedirá diez centavos, pero eso no será lo que oirás; oirás que no eres nada, que se está riendo de ti, que está escrito en tu frente, eso por lo que te odian. Habrá días en que te quedarás de pie en la esquina de un pasillo y escucharás a una criatura en una plataforma hablando de edificios, del trabajo que amas, y las cosas que dirá te harán esperar que alguien se levante y lo abra entre dos uñas; y entonces oirás a la gente aplaudiéndole, y querrás gritar, porque no sabrás si son reales o si lo eres tú, si estás en una habitación llena de cráneos destripados, o si alguien acaba de vaciarte la cabeza, y no dirás nada, porque los sonidos que podrías hacer ya no son un idioma en esa habitación; pero querrías hablar, pero no lo harás de todos modos, porque te apartarán, ¡tú que no tienes nada que decirles sobre edificios! ¿Es eso lo que quieres?
El manantial

Ayn Rand
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