
Fue entonces cuando sospechó por primera vez que el Dios bondadoso y amante de los niños, del que hablaba su directora, podría no existir. De hecho, la mayoría de los grandes acontecimientos mundiales sugerían lo mismo. Pero para la generación de Theo, sinceramente atea, la cuestión ni siquiera se había planteado. Nadie en su luminosa escuela, con sus paredes de cristal y su visión de futuro, le pidió jamás que rezara ni que cantara un himno alegre e impenetrable. No hay ninguna entidad en la que pueda dudar. Su iniciación, frente al televisor, ante el derrumbe de las torres, fue intensa, pero se adaptó rápidamente. Hoy en día, ojea los periódicos en busca de novedades como si fueran una revista de anuncios. Mientras no haya nada nuevo, su mente está libre. Terrorismo internacional, cordones de seguridad, preparativos para la guerra: todo esto representa la normalidad, el clima. Al emerger a la conciencia adulta, este es el mundo con el que se encuentra.

Ian McEwan
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