
Cuando solicité ingreso a la universidad para realizar estudios de posgrado hace muchos años, escribí un ensayo expresando mi desconcierto ante el hecho de que un país capaz de enviar un hombre a la luna aún tuviera personas durmiendo en la calle. Parte del problema radica en la voluntad política; podríamos sacar a mucha gente de las calles mañana mismo si lo convirtiéramos en una prioridad nacional. Pero también he llegado a comprender que la NASA lo tuvo fácil. Los cohetes se rigen por las leyes inmutables de la física. Sabemos dónde estará la luna en un momento dado; sabemos con precisión la velocidad a la que una nave espacial entrará o saldrá de la órbita terrestre. Si las ecuaciones son correctas, el cohete aterrizará donde debe, siempre. Los seres humanos somos más complejos. Un adicto en recuperación no se comporta de forma tan predecible como un cohete en órbita. No tenemos una fórmula para persuadir a un joven de dieciséis años de que no abandone los estudios. Pero sí tenemos una herramienta poderosa: sabemos que las personas buscan mejorar su situación, sea cual sea su definición de bienestar. Nuestra mejor esperanza para mejorar la condición humana reside en comprender por qué actuamos como actuamos y, a partir de ahí, planificar en consecuencia. Los programas, las organizaciones y los sistemas funcionan mejor cuando los incentivos son los adecuados. Es como remar contra la corriente.
Economía al desnudo: Desnudando la lúgubre ciencia

Charles Wheelan
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