
En el siglo XX, las mujeres que deseaban ser independientes se encontraban entre las mejores, las honestas, aquellas que rechazaban instintivamente la mediocridad. Pero surgió un dilema trágico. Si aceptaban trabajar en el mundo empresarial y se dedicaban a ello, servían a aquello de lo que huían y, en el mejor de los casos, se convertían en imitadores de los hombres. Si rechazaban el mundo empresarial y vivían de subsidios o ingresos, se encontraban en la anómala posición de cazar con los perros de la industria y correr con la liebre de la agricultura. Un sentido instintivo de esto llevó a muchas de ellas a convertirse en «artistas». Y así, Europa se llenó de mujeres «artistas» incompetentes; no porque una mujer sea incapaz de ser artista, sino porque el rol asumido les proporcionaba una vía de escape. Ambas situaciones eran imposibles, y la solución aún no se ha encontrado.
Las mujeres deben trabajar

Richard Aldington
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