
Anhelo que la Iglesia sea más auténtica, y para mí esto implica cambiar su postura sobre la guerra, el sexo, las inversiones y muchos otros temas difíciles. Creo firmemente que mis preguntas y mis desacuerdos provienen de Dios. Sin embargo, también debo aprender a vivir y atender la realidad de la Iglesia tal como es, a hacer las cosas prosaicas que se pueden y se deben hacer ahora y a trabajar en mis relaciones ahora con las personas que no me escucharán a mí o a quienes son como yo, porque lo que Dios me pide no es que viva en el futuro ideal, sino que viva con honestidad y atención en el presente, es decir, que esté en casa. ¿Qué pasa si el proyecto en cuestión soy yo mismo, y no alguna cuestión social más amplia como la guerra? Al fin y al cabo, es la preocupación central para la mayoría de nosotros. Anhelamos cambiar y crecer, y con razón desconfiamos de aquellos que están contentos con cómo son y parecen no poder concebir un cambio más profundo. Sin embargo, la tortura de tratar de alejar y superar lo que actualmente somos o hemos sido, el amargo autodesprecio de saber lo que nos falta, el aplazamiento de la alegría y la paz porque no podemos amarnos a nosotros mismos ahora, estos no son los pilares para un cambio efectivo. Constantemente intentamos comenzar desde algún lugar distinto de donde estamos. Vivir con verdad implica estar en casa con nosotros mismos, No con complacencia, sino con paciencia, reconociendo que lo que somos hoy, en este momento, es suficientemente amado y valorado por Dios como para ser el material con el que Él trabajará, y que la anhelada transformación no llegará rechazando el amor y el valor que simplemente están ahí en el momento presente. Así volvemos, por un largo rodeo, al punto al que nos condujo la narración de Marcos: la empresa contemplativa de estar donde estamos y rechazar el atractivo de un futuro fantaseado más dócil a nuestra voluntad, más satisfactorio en la imagen de nosotros mismos que permite. Vivir en la verdad, en el sentido en que el Evangelio de Juan la da, implica la misma atención sobria a lo que está ahí —al cuerpo, la silla, el suelo, la voz que oímos, el rostro que vemos— con toda la insatisfacción que esto conlleva. Sin embargo, esto es lo que significa vivir en ese reino donde Jesús reina, el reino que no tiene fronteras que defender. Nuestra inmersión en el presente, que pertenece a Dios, nos revela el mundo; y ese mundo no es la perfección absoluta que podríamos imaginar, sino el mundo dividido y complejo que habitamos. Solo por la gracia de vivir en la verdad, podemos responderle, al menos, con un eco del «sí» que Dios pronuncia, aceptar como Dios acepta.
Cristo a juicio: Cómo el Evangelio perturba nuestro juicio

Rowan Williams
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