
El hombre que se ha consagrado al éxito del proyecto, el maestro constructor, ya no tiene libertad: su conducta está ahora completamente determinada por la fuerza coercitiva del fin. Lógicamente, por lo tanto, se ve obligado a exigir en todo momento a sus compañeros lo que mejor sirva a ese fin, y les exige imperiosamente todo aquello que considera de esa naturaleza. Esta imperiosidad, aunque a simple vista parezca la del maestro, surge en última instancia del propio proyecto, pues es el proyecto quien manda. Sin embargo, a ojos de quienes están bajo su mando, es el maestro quien los presiona, y lo consideran inhumano debido a su desprecio por sus estados de ánimo y personalidades, y a su incapacidad para verlos sino como sirvientes del proyecto (como él mismo).
Soberanía

Bertrand De Jouvenel
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