
Así como cuando entramos en una mezquita y su alta cúpula abierta eleva nuestra mente hacia cosas superiores, así una gran alfombra busca hacer lo mismo bajo nuestros pies. Tal alfombra nos dirige a la magnificencia del infinito, velado, pero nunca cercano, más cerca que el pulso de la yugular, el estallido de sol que explota en el centro de una alfombra señala este resplandor ilimitado. Flores y árboles evocan los placeres del paraíso, y siempre hay un punto en el centro de la alfombra que trae calma al corazón. Una sola flor de loto blanca flota en un estanque turquesa, y en este ínfimo detalle, ahí está: un llamado a lo mejor de nuestro interior, que nos convoca a la alegría de la unión. En las alfombras, ahora veía no solo las complejidades de la naturaleza y el color, no solo el dominio del espacio, sino un signo del diseño infinito. En cada patrón yacía la obra de un tejedor del mundo, completa e íntegra; y en cada nudo de la existencia cotidiana yacía la mía.
La sangre de las flores

Anita Amirrezvani
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