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Christopher Isherwood

Un paseo en coche por la tarde desde Los Ángeles te llevará a las altas montañas, donde las águilas sobrevuelan los bosques y los fríos lagos azules, o al desierto de Mojave, con su peculiar vegetación y sus inmensos paisajes. No muy lejos se encuentran el Valle de la Muerte, Yosemite y el Bosque de Secuoyas, con sus árboles gigantes que crecían mucho antes de la construcción del Partenón; son los seres vivos más antiguos del mundo. Deberíamos visitar estos lugares con frecuencia y ser conscientes, en medio de la ciudad, de su presencia. Porque esta es la verdadera esencia de California y el secreto de su fascinación: este paisaje indómito, salvaje, distante y prehistórico que recuerda constantemente al viajero su condición humana y las circunstancias de su existencia en la Tierra. «Eres bienvenido», le dice, «durante tu breve visita. Todo está a tu disposición. Solo te advierto que, si algo sale mal, no me culpes. No asumo ninguna responsabilidad. No soy parte de tu neurosis. No me pidas que te proteja. Aquí no hay hogar. No hay seguridad en tus mansiones ni en tus fortalezas, ni en las bóvedas de tu familia ni en tus bancos ni en tus camas de matrimonio. Comprende esto y serás libre. Acéptalo y serás feliz.»
– Christopher Isherwood –