Categoría: Roger Zelazny

Roger Zelazny

Fue casi una experiencia mística. No sé cómo describirlo de otra manera. Mi mente se aceleró mientras se acercaba, y fue como si tuviera una eternidad para reflexionar sobre la llegada de este hombre que era mi hermano. Sus ropas estaban sucias, su rostro ennegrecido, el muñón de su brazo derecho levantado, gesticulando hacia cualquier parte. La gran bestia que montaba era rayada, negra y roja, con una crin y una cola rojas y salvajes. Pero en realidad era un caballo, y sus ojos giraban, tenía espuma en la boca y su respiración era dolorosa de oír. Entonces vi que llevaba su espada colgada a la espalda, pues el mango sobresalía por encima de su hombro derecho. Aún aminorando la marcha, con la mirada fija en mí, se apartó del camino, girando ligeramente hacia mi izquierda, tiró de las riendas una vez y las soltó, manteniendo el control del caballo con las rodillas. Su mano izquierda se alzó en un gesto de saludo que pasó por encima de su cabeza y agarró la empuñadura de su arma. Se desplegó sin hacer ruido, describiendo un hermoso arco sobre él y deteniéndose en una posición letal, saliendo de su hombro izquierdo e inclinándose hacia atrás, como un ala de acero opaco con un minúsculo filo que brillaba como un filamento de espejo. La imagen que me presentó quedó grabada en mi mente con una especie de magnificencia, un cierto esplendor extrañamente conmovedor. La hoja era una guadaña larga, parecida a la que ya le había visto usar. Solo que entonces habíamos luchado juntos contra un enemigo común que yo había empezado a creer invencible. Benedict había demostrado lo contrario aquella noche. Ahora que la veía alzada contra mí, me invadió una conciencia de mi propia mortalidad, que jamás había experimentado de esta manera. Fue como si una capa se hubiera desprendido del mundo y comprendiera de repente la muerte misma.
– Roger Zelazny –