Categoría: Salman Rushdie

Salman Rushdie

Desde hace mucho tiempo he creído —esta es quizás mi versión de la creencia de Sir Darío Jerjes Cama en una cuarta función de la marginalidad— que en cada generación hay algunas almas, llámenlas afortunadas o malditas, que simplemente nacen sin pertenecer a ningún lugar, que vienen al mundo semi-desapegadas, por así decirlo, sin una fuerte afiliación a la familia, el lugar, la nación o la raza; que incluso puede haber millones, miles de millones de tales almas, tantas no pertenecientes como pertenecientes, tal vez; que, en resumen, el fenómeno puede ser una manifestación tan «natural» de la naturaleza humana como su opuesto, pero que se ha visto frustrada, a lo largo de la historia de la humanidad, principalmente por la falta de oportunidades. Y no solo por eso: para quienes valoran la estabilidad, quienes temen la transitoriedad, la incertidumbre, el cambio, han erigido un poderoso sistema de estigmas y tabúes contra el desarraigo, esa fuerza disruptiva y antisocial, de modo que en su mayoría nos conformamos, fingimos estar motivados por lealtades y solidaridades que en realidad no sentimos, ocultamos nuestras identidades secretas bajo las falsas pieles de aquellas identidades que llevan el sello de aprobación de los que pertenecen. Pero la verdad se filtra en nuestros sueños; solos en nuestras camas (porque todos estamos solos por la noche, incluso si no dormimos solos), nos elevamos, volamos, huimos. Y en los sueños despiertos que nuestras sociedades permiten, en nuestros mitos, nuestras artes, nuestras canciones, celebramos a los que no pertenecen, a los diferentes, a los marginados, a los bichos raros. Lo que nos prohibimos a nosotros mismos, pagamos un buen dinero por verlo, en un teatro o en un cine, o por leerlo entre las páginas secretas de un libro. Nuestras bibliotecas, nuestros palacios del entretenimiento dicen la verdad. El vagabundo, el asesino, el rebelde, el ladrón, el mutante, el marginado, el delincuente, el diablo, el pecador, el viajero, el gánster, el corredor, la máscara: si no reconociéramos en ellos nuestras necesidades menos satisfechas, no los inventaríamos una y otra vez, en cada lugar, en cada idioma, en cada tiempo.
– Salman Rushdie –