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Christine de Pizan

La sola visión de este libro, aunque carecía de autoridad, me hizo preguntarme cómo era posible que tantos hombres diferentes —y entre ellos, hombres eruditos— hubieran estado y estuvieran tan inclinados a expresar, tanto de palabra como en sus tratados y escritos, tantos insultos viles sobre las mujeres y su comportamiento. No solo uno o dos… sino, en general, a partir de los tratados de todos los filósofos y poetas y de todos los oradores —sería demasiado largo mencionar sus nombres— parece que todos hablan con la misma voz. Reflexionando profundamente sobre estos asuntos, comencé a examinar mi carácter y conducta como mujer natural y, de igual modo, consideré a otras mujeres con quienes frecuentaba —princesas, damas de la alta sociedad, mujeres de clase media y baja— que amablemente me habían confiado sus pensamientos más privados e íntimos, con la esperanza de poder juzgar con imparcialidad y con la conciencia tranquila si el testimonio de tantos hombres notables podía ser cierto. Hasta donde sé, por mucho que analicé o diseccioné el problema, no pude ver ni comprender cómo sus afirmaciones podían ser ciertas en comparación con el comportamiento y el carácter natural de las mujeres.
– Christine de Pizan –

Christine de Pizan

Señora, usted ciertamente me habla de la maravillosa constancia, fuerza, virtud y firmeza de las mujeres, ¿se puede decir lo mismo de los hombres? (…)Respuesta [de Lady Rectitud]: «Querida amiga, ¿no has oído el dicho de que el tonto ve bien un pequeño corte en la cara de su vecino, pero ignora el gran agujero que tiene sobre su propio ojo? Te mostraré la gran contradicción en lo que dicen los hombres acerca de la volubilidad e inconstancia de las mujeres. Es cierto que todos insisten en general en que las mujeres son muy frágiles [= volubles] por naturaleza. Y puesto que acusan a las mujeres de fragilidad, uno supondría que ellos mismos se esfuerzan por mantener una reputación de constancia, o al menos, que las mujeres son menos constantes que ellos mismos. Y sin embargo, es obvio que exigen de las mujeres mayor constancia de la que ellos mismos tienen, pues quienes afirman ser de esta condición fuerte y noble no pueden abstenerse de un sinfín de grandes defectos y pecados, y no por ignorancia, sino por pura malicia, sabiendo muy bien lo mal que se comportan. Pero todo esto lo excusan en sí mismos y dicen que está en la naturaleza del hombre pecar, Sin embargo, si alguna mujer comete alguna falta (de la cual ella misma es responsable por su gran poder y su influencia), entonces, según afirman, todo se reduce a debilidad e inconstancia. Pero me parece que, puesto que llaman frágiles a las mujeres, no deberían apoyar esa debilidad ni atribuirles como un gran crimen lo que ellas mismas consideran un simple defecto.
– Christine de Pizan –