Etiqueta: La esposa de Sir Isaac Harman

HG Wells

También se dio cuenta en esas horas de quietud de lo poco que la había comprendido hasta entonces. Había estado cegado, obsesionado. La había visto a ella, a sí mismo y al mundo entero demasiado como una muestra del eterno dualismo del sexo, la búsqueda incesante. Ahora, con sus fantasías sexuales humilladas y desesperanzadas, con la comprensión de la tremenda minimización que ella misma hacía de ese fundamento del romance, comenzó a ver todo lo que había en su personalidad y sus posibles relaciones más allá de eso. Vio cuán grave y profundamente seria era su noble filantropía, cuán honesta, sencilla e impersonal su deseo de conocimiento y comprensión. Ahí está al menos su cerebro, pensó, muy fuera del alcance de Sir Isaac. Ella no se sentía humillada por sus entregas, su sencillez la enaltecía, la mostraba inocente y a él un alma sonrojada y congestionada. Ahora percibió con el asombro de un hombre recién despertado hasta qué punto la gran obsesión del sexo lo había dominado, ¿durante cuántos años? Desde sus primeros días de estudiante universitario. ¿Tenía él algo que añadir a su propio y refinado desapego? ¿Acaso desde su juventud había tocado alguna vez la filosofía, alguna cuestión social, alguna idea sobre lo humano, el arte, la literatura o la fe, sin una vaga referencia a los fines de esta eterna búsqueda? ¿Durante todo ese tiempo había hablado alguna vez con una chica o una mujer con una sinceridad sin complejos? Se despojó de sus pretensiones; la respuesta era no. Sus refinamientos no habían sido más que meras formalidades. Su conservadurismo y moralidad habían sido un mero coqueteo con intereses que una simplicidad demasiado brutal podría haber agotado prematuramente. Y, en efecto, ¿acaso todo el periodo literario que lo había engendrado no había sido, en su forzada pureza y refinamiento, como una brillante y resplandeciente hoja de parra iluminada, una vasta conspiración para mantener ciertos asuntos siempre presentes, ocultándolos ostensiblemente? Pero esta maravillosa mujer —al parecer— ¡no los tenía en mente! Ella lo avergonzó, aunque solo fuera por su confiada inocencia ante el antiguo y egoísta juego de Él y Ella que él había estado jugando con tanto fervor… Él idealizó y veneró esa ceguera pura. Se humilló ante ella.
– HG Wells –