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Juan Steinbeck

Ma era corpulenta, pero no gorda; robusta por el parto y el trabajo. Llevaba un vestido holgado de Mother Hubbard, de tela gris, que antaño había tenido flores de colores, pero el color se había desvanecido, de modo que el pequeño estampado floral era solo un poco más claro que el fondo. El vestido le llegaba hasta los tobillos, y sus pies fuertes, anchos y descalzos se movían con rapidez y destreza sobre el suelo. Su fino cabello gris acero estaba recogido en un pequeño moño en la nuca. Sus brazos fuertes y pecosos estaban al descubierto hasta el codo, y sus manos eran regordetas y delicadas, como las de una niña regordeta. Miraba hacia el sol. Su rostro redondo no era suave; era sereno, amable. Sus ojos color avellana parecían haber experimentado toda tragedia posible y haber ascendido el dolor y el sufrimiento como escalones hacia una calma sublime y una comprensión sobrehumana. Parecía conocer, aceptar, dar la bienvenida a su posición, la fortaleza de la familia, el lugar inexpugnable. Y como el viejo Tom y los niños no podían conocer el dolor ni el miedo a menos que ella los reconociera, ella había practicado negarlos en sí misma. Y como, cuando ocurría algo alegre, ellos buscaban ver si la alegría la invadía, tenía la costumbre de forjar risas con elementos insuficientes. Pero mejor que la alegría era la calma. Se podía confiar en la imperturbabilidad. Y de su gran y humilde posición en la familia había adquirido dignidad y una belleza pura y serena. De su papel como sanadora, sus manos se habían vuelto firmes, frías y tranquilas; de su papel como árbitra, se había vuelto tan distante e infalible en el juicio como una diosa. Parecía saber que si ella vacilaba, la familia temblaba, y si alguna vez vacilaba profundamente o se desesperaba, la familia se derrumbaría, la voluntad de funcionar se perdería.
– Juan Steinbeck –