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Mark Twain

Nunca ha habido una guerra justa, ni honorable, por parte del instigador de la guerra. Puedo prever un millón de años en el futuro, y esta regla no cambiará en más de media docena de casos. El pequeño grupo ruidoso, como siempre, clamará por la guerra. El púlpito se opondrá, con cautela y cautela, al principio; la gran masa apática de la nación se frotará los ojos soñolientos e intentará comprender por qué debería haber una guerra, y dirá, con seriedad e indignación: «Es injusta y deshonrosa, y no hay necesidad de ella». Entonces, ese pequeño grupo gritará aún más fuerte. Unos pocos hombres justos del otro bando argumentarán y razonarán en contra de la guerra con palabras y por escrito, y al principio serán escuchados y aplaudidos; pero no durará mucho; los demás los acallarán, y pronto el público antibelicista se irá reduciendo y perderá popularidad. Pronto veréis esta curiosa escena: los oradores apedreados desde la plataforma, y la libertad de expresión estrangulada por hordas de hombres furiosos que, en el fondo, siguen simpatizando con esos oradores apedreados —como antes—, pero no se atreven a decirlo. Y ahora toda la nación —púlpito incluido— se unirá al grito de guerra, gritará hasta quedarse ronca y acosará a cualquier hombre honesto que se atreva a abrir la boca; y pronto esas bocas dejarán de abrirse. A continuación, los estadistas inventarán mentiras baratas, culpando a la nación atacada, y cada hombre se alegrará de esas falsedades que calman la conciencia, las estudiará diligentemente y se negará a examinar cualquier refutación; y así, poco a poco, se convencerá de que la guerra es justa y dará gracias a Dios por el mejor sueño que disfruta tras este grotesco autoengaño.
– Mark Twain –