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Virginia Woolf

Sin embargo, la mayoría de las mujeres no son ni prostitutas ni cortesanas; tampoco se pasan la tarde de verano acurrucadas con sus perros carlinos sobre terciopelo polvoriento. ¿Pero qué hacen entonces? Y entonces me vino a la mente una de esas largas calles al sur del río, cuyas interminables hileras están pobladas incontables personas. Con la imaginación vi a una anciana cruzando la calle del brazo de una mujer de mediana edad, su hija, tal vez, ambas tan elegantemente vestidas que vestirse por la tarde debe ser todo un ritual, y la ropa misma guardada en armarios con alcanfor, año tras año, durante los meses de verano. Cruzan la calle cuando se encienden las farolas (pues el crepúsculo es su hora favorita), como sin duda lo han hecho año tras año. La anciana está cerca de los ochenta; pero si uno le preguntara qué ha significado su vida para ella, diría que recuerda las calles iluminadas para la batalla de Balaclava, o que ha oído los disparos de los cañones en Hyde Park para el nacimiento del rey Eduardo VII. Y si uno le preguntaba, anhelando fijar el momento con fecha y estación, pero ¿qué estabas haciendo el cinco de abril de 1868, o el dos de noviembre de 1875?, ella miraba vagamente y decía que no recordaba nada. Porque todas las cenas están cocinadas; los platos y tazas lavados; los niños enviados a la escuela y salido al mundo. No queda nada de todo eso. Todo ha desaparecido. Ninguna biografía ni historia tiene una palabra que decir al respecto. Y las novelas, sin quererlo, mienten inevitablemente. Todas estas vidas infinitamente oscuras quedan por ser registradas, dije, dirigiéndome a Mary Carmichael como si estuviera presente; y continué en mis pensamientos por las calles de Londres sintiendo en mi imaginación la presión del silencio, la acumulación de vida no registrada, ya sea de las mujeres en las esquinas de las calles con los brazos en jarras, y los anillos incrustados en sus dedos gordos e hinchados, hablando con una gesticulación como el vaivén de las palabras de Shakespeare; o de las vendedoras de violetas y cerillas y de las viejas brujas apostadas bajo las puertas; o de las muchachas errantes cuyos rostros, como olas en el sol y las nubes, anuncian la llegada de hombres y mujeres y las luces parpadeantes de los escaparates. Todo eso tendrás que explorarlo, le dije a Mary Carmichael, sosteniendo firmemente la linterna en tu mano.
– Virginia Woolf –