Hace algunos años, cuando era un instructor recién nombrado, conocí por primera vez a cierto eminente historiador de la ciencia. En aquel entonces, solo pude mirarlo con tolerante condescendencia. Sentía lástima por aquel hombre que, según me parecía, se veía obligado a merodear por los márgenes de la ciencia. Se veía forzado a temblar sin cesar en las afueras, recibiendo apenas un débil calor del lejano sol de la ciencia en progreso; mientras que yo, que apenas comenzaba mi investigación, estaba bañado en el embriagador calor líquido en el centro mismo del resplandor. En toda una vida de equivocarme en muchas cosas, nunca estuve más equivocado. Era yo, no él, quien vagaba por la periferia. Era él, no yo, quien vivía en el fuego. Había caído víctima de la falacia de la «frontera en crecimiento»; la creencia de que solo la frontera misma del avance científico contaba; que todo lo que había quedado atrás por ese avance se había desvanecido y muerto. Pero, ¿es eso cierto? Porque un árbol brota en primavera y se cubre de hojas verdes, ¿son esas hojas el árbol? Si solo existieran las ramitas recién nacidas y sus hojas, formarían un vago halo verde suspendido en el aire, pero sin duda eso no es el árbol. Las hojas, por sí solas, no son más que una trivial decoración que revolotea. Es el tronco y las ramas lo que le da al árbol su grandeza y a las hojas mismas su significado. «Es porque me he parado sobre los hombros de gigantes».– Isaac Asimov –
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