Stephen King

Al final de su vida, era consciente del calor, pero no del dolor. Tuvo tiempo de contemplar sus ojos, ojos de ese azul que es el color del cielo al amanecer. Tuvo tiempo de pensar en él en el Drop, cabalgando a Rusher a toda velocidad, con su cabello negro ondeando hacia atrás desde sus sienes y su pañuelo ondeando al viento; verlo reír con una facilidad y libertad que jamás volvería a encontrar en la larga vida que se extendía para él más allá de la de ella, y fue su risa la que se llevó consigo al salir, huyendo de la luz y el calor hacia la oscuridad sedosa y reconfortante, llamándolo una y otra vez mientras se alejaba, llamando a pájaro, oso, liebre y pez.
– Stephen King –

Stephen King
Mago y cristal

 

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