Stephen King

Antes de sumergirse por completo en sus pensamientos, se encontró reflexionando —no por primera vez— sobre la peculiaridad de los adultos. Tomaban laxantes, alcohol o pastillas para dormir para ahuyentar sus terrores y poder conciliar el sueño, y sus terrores eran tan dóciles y cotidianos: el trabajo, el dinero, qué pensará la maestra si no puedo comprarle ropa más bonita a Jennie, si mi esposa todavía me ama, quiénes son mis amigos. Eran insignificantes comparados con los miedos con los que todo niño yace cara a cara en su cama oscura, sin nadie a quien confesarse con la esperanza de una comprensión perfecta, salvo otro niño. No existe terapia de grupo, ni psiquiatría, ni servicios sociales comunitarios para el niño que debe lidiar cada noche con aquello que se esconde bajo la cama o en el sótano, aquello que acecha, retoza y amenaza justo más allá del alcance de la vista. La misma batalla solitaria debe librarse noche tras noche, y la única cura es la eventual osificación de las facultades imaginarias, y a esto se le llama adultez.
– Stephen King –

Stephen King
‘El lote de Salem: Edición ilustrada

 

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