
El ateísmo deja al hombre a merced de los sentidos, la filosofía, la piedad natural, las leyes y la reputación; todo lo cual puede guiar hacia una virtud moral externa, aunque la religión no lo hiciera. Pero la superstición despoja a todos estos elementos y erige una monarquía absoluta en la mente de los hombres. Por lo tanto, el ateísmo nunca perturbó a los estados, pues hace que los hombres desconfíen de sí mismos, al no mirar más allá. Y vemos que las épocas inclinadas al ateísmo (como la de Augusto César) eran épocas civilizadas. Pero la superstición ha sido la causa de la confusión de muchos estados e introduce un nuevo motor que corrompe todas las esferas del gobierno. El amo de la superstición es el pueblo, y en toda superstición los sabios siguen a los necios, y los argumentos se adaptan a la práctica en orden inverso.

Francisco Bacon
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