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D. Martyn Lloyd-Jones

No los conozco, amigos míos, no individualmente, a la mayoría de ustedes, pero esto es lo maravilloso del trabajo de un predicador: no necesita conocer a su congregación. ¿Saben por qué? Porque sé lo más importante de cada uno de ustedes, y es que cada uno de ustedes es un vil pecador. No me importa quiénes sean, porque todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios. No me importa qué forma particular tome su pecado. Hoy en día se le presta mucha atención a eso. Al predicador no le interesa eso. No quiero un catálogo de sus pecados. No me importa cuáles sean sus pecados. Pueden ser muy respetables o pueden ser atroces, viles, inmundos, sucios. No importa, gracias a Dios. Pero lo que tengo autoridad para decirles es esto. Aunque seas el hombre o la mujer más vil que jamás se haya conocido, y aunque hasta este momento hayas vivido tu vida en las cloacas y los burdeles del pecado en toda su forma, te digo esto: sabed que por medio de este hombre, este Señor Jesucristo, se os anuncia el perdón de los pecados. Y por él todos los que creen, incluyéndote a ti, son justificados en este mismo instante completa y totalmente de todo lo que hayan hecho, si creen que este es el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, y que murió allí en la cruz, por tus pecados y para llevar tu castigo. Si crees eso, y le das gracias por ello, y confías completamente solo en él y en lo que ha hecho, te digo, en el nombre de Dios, que todos tus pecados son borrados por completo, como si nunca hubieras pecado en tu vida, y su justicia es puesta sobre ti y Dios te ve perfecto en su Hijo. Ese es el mensaje de la cruz, esa es la predicación cristiana: que es nuestro Señor quien nos salva, muriendo en la cruz, y que nada más puede salvarnos, sino que Él puede salvar a todo aquel que cree en Él.
– D. Martyn Lloyd-Jones –