
Los dos observaban atentamente cada árbol o templo que veíamos pasar, y me miraban esperando una muestra de piedad que, por supuesto, les brindaba con creciente detalle: primero me tocaban el ojo, luego el cuello, después la clavícula e incluso los pezones. Estaban convencidos de que yo era el siervo más religioso del mundo.
El Tigre Blanco

Aravind Adiga
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