
La verdadera humildad surge de una perspectiva adecuada de nuestra condición humana: uno entre miles de millones en un pequeño planeta entre miles de millones, como un hongo en un diminuto trozo de queso. Por supuesto, es casi imposible que los seres humanos mantengan esta objetividad por mucho tiempo, pero las personas verdaderamente humildes son, sin embargo, mucho más conscientes de la insignificancia de sus verdaderas relaciones, una insignificancia que roza la inexistencia. Una mota de polvo no se considera superior ni inferior a otra, ni se preocupa por lo que otras motas de polvo puedan o no pensar. Cautivada por el milagro de la existencia, la persona verdaderamente humilde vive no para sí misma ni para su imagen, sino para la vida misma, en un estado de pura paz y placer.
Cielo e infierno: La psicología de las emociones

Neel Burton
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