
Además, no se debe considerar a Dios más antiguo que sus creaciones por ningún período de tiempo, sino más bien por la propiedad peculiar de su propia naturaleza única. Pues el cambio infinito de las cosas temporales intenta imitar la inmutabilidad siempre presente de su vida: no puede imitarla ni igualarla, sino que se hunde de la inmutabilidad en el cambio, y cae de la única inmediatez del presente a un espacio infinito de futuro y pasado. Y puesto que este estado temporal no puede poseer su vida de forma completa y simultánea, pero sí existe eternamente sin cesar, parece, por lo tanto, intentar en cierta medida rivalizar con aquello que no puede cumplir ni representar, pues se vincula a una especie de tiempo presente a partir de este pequeño y fugaz momento; pero en la medida en que este presente temporal tiene cierta apariencia de ese presente permanente, de alguna manera hace que aquellos a quienes llega parezcan ser en verdad lo que imitan. Pero como esta imitación no podía perdurar, el incesante paso del tiempo la ha arrasado, y así descubrimos que, a su paso, ha unido una cadena de vida que, de permanecer intacta, no podía abarcar en su plenitud. Y así, si aplicamos los epítetos adecuados a estos temas, podemos decir, siguiendo a Platón, que Dios es eterno, pero el universo es continuo.
La consolación de la filosofía

Boecio
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