
La culpa, por supuesto, recaía en Clyde, que era muy poco hablador. Además, parecía tener poca curiosidad: Grady, a veces alarmada por la escasez de sus preguntas y la indiferencia que esto podía sugerir, le proporcionaba con generosidad información personal; lo cual no significa que siempre dijera la verdad, ¿cuántas personas enamoradas lo hacen? ¿O pueden hacerlo? Pero al menos le permitía contarle la verdad suficiente para que pudiera explicar, más o menos con exactitud, toda la vida que había vivido lejos de él. Sin embargo, ella intuía que él preferiría no escuchar sus confesiones: parecía querer que ella fuera tan esquiva y reservada como él mismo.
Travesía de verano

Truman Capote
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