
En mis manos está el poder. El poder de oír o de destruir. De dar vida o de causar la muerte. Reverencio este don, lo he perfeccionado con el tiempo hasta convertirlo en un arte tan magnífico e imponente como cualquier pintura del Louvre. Soy arte, soy ciencia. En todo lo que importa, soy Dios. Dios debe ser implacable y perspicaz. Dios estudia sus creaciones y selecciona. Lo mejor de estas creaciones debe ser apreciado, protegido, sostenido. La grandeza recompensa la perfección. Sin embargo, incluso lo imperfecto tiene un propósito. Un Dios sabio experimenta, considera, usa lo que cae en sus manos y forja maravillas. Sí, a menudo sin piedad, a menudo con una violencia que la gente común condena. Quienes ostentamos el poder no podemos dejarnos distraer por las condenas de la gente común, por las leyes mezquinas y lamentables del hombre simple. Están ciegos, sus mentes están cerradas por el miedo: miedo al dolor, miedo a la muerte. Son demasiado limitados para comprender que la muerte puede ser vencida. Yo casi lo he logrado. Si se descubriera mi trabajo, ellos, con sus leyes y actitudes absurdas, me condenarían. Cuando mi trabajo esté terminado, me venerarán.
Conspiración en la muerte

JD Robb
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