
No golpeaba a otras personas ni lo hacía a propósito, simplemente golpeaba. Algún objeto tenía la culpa. Mi ira era contra mí mismo, siempre, pura vanidad. De adolescente, cerraba los cajones de golpe y llenaba las maletas. Era responsable de las escenas. El control nos llegó a todos de forma imperfecta: lo alcanzamos en diferentes momentos de la vida, frustrados, indignados, por diferentes cosas, algunas superadas con la edad y otras no. De todas mis emociones fuertes, la ira es la que menos influye en mi obra. No escribo por ira. Para empezar, como escritor de ficción, no tengo adversario —excepto, claro está, el del tiempo— y, además, el acto de escribir en sí mismo me produce felicidad.
Sobre la escritura

Eudora Welty
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