
La Perfeccionista empujó a Tom sobre su cama. Le quitó la camisa. Le quitó los zapatos y los calcetines. Le quitó los pantalones. Le quitó los calzoncillos. Con la mayoría de los hombres, la Perfeccionista se habría detenido ahí. Ella no. Todavía se sentía imprudente. Le arrancó la piel. Le arrancó el sistema nervioso. Le levantó la caja torácica. Su corazón latía en su mano. Y allí, debajo, encontró una caja de hojalata oxidada. La abrió. Dentro encontró sus esperanzas, sus sueños y sus miedos. Los contempló. Se sorprendió de encontrarlos allí y de lo hermosos que eran. En ese preciso instante, la Perfeccionista se enamoró de Tom.
Todos mis amigos son superhéroes

Andrew Kaufman
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