
Empiezo a lamentar haberme embarcado en escribir este libro. No es que me aburra; no tengo nada más que hacer; de hecho, es una grata distracción de la eternidad. Pero el libro es tedioso, huele a tumba, tiene un rigor mortis; un defecto grave, y sin embargo relativamente pequeño, porque el gran defecto de este libro eres tú, lector. Quieres vivir rápido, llegar al final, y el libro avanza lentamente; te gusta la narrativa directa y sólida y un estilo fluido, pero este libro y mi estilo son como un par de borrachos; se tambalean a derecha e izquierda, empiezan y se detienen, murmuran, rugen, se ríen a carcajadas, amenazan al cielo, resbalan y caen… ¡Y caen! Hojas desdichadas de mi ciprés, tuvisteis que caer, como todo lo demás que es bello y hermoso; si tuviera ojos, derramaría una lágrima de recuerdo por vosotras. Y esta es la gran ventaja de estar muerto: que si no tienes boca con la que reír, tampoco tienes ojos con los que llorar.
Memorias Póstumas de Brás Cubas

Machado de Assis
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