
No, lo que entumecía estos campos, poblados de pesadillas, no era el yugo opresivo de una plaga, sino más bien una retirada enfermiza, una especie de triste viudez. El hombre había comenzado a someter estas extensiones vacías, luego se había cansado de consumirlas, y ahora incluso el deseo de preservar lo que había reclamado había perecido. Había establecido por doquier un reflujo, una retirada dolorosa. Sus cortes en el bosque, que se veían a intervalos prolongados, habían perdido sus bordes definidos, sus muescas nítidas: ahora una espesa maleza había impuesto su letargo en la luz del día de los claros, ocultando los troncos desnudos hasta la altura de sus ramas más bajas.

Julien Gracq
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