
Sufrió enormemente al estar encerrado entre toda esa gente cuya estupidez y absurdidades lo herían aún más cruelmente, ya que, ignorantes de su amor, incapaces, de haberlo sabido, de interesarse por él o de hacer algo más que sonreírle como ante una broma infantil, o deplorarlo como un acto de locura, se lo hicieron parecer como un estado subjetivo que existía solo para él, cuya realidad no había nada externo que confirmara; sufrió abrumadoramente, hasta el punto de que incluso el sonido de los instrumentos le daban ganas de llorar, por tener que prolongar su exilio en ese lugar al que Odette nunca vendría, en el que nadie, nada era consciente de su existencia, del que ella estaba completamente ausente.
El camino de Swann

Marcel Proust
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